POR TOMÁS LAMAS
Crónica de mi pasión Goyana
Engulle su último trago amargo. Su motor en el agua ronronea desafiante. Los músculos se tensan afirmando sus manos al volante. Y la tenue llovizna, empapa sus más terribles presagios. La sangre embúllese en su interior. Mientras el viento gélido, embiste con furia su embarcación en parque cerrado. El atado de puchos es consumido veloz por la ansiedad que atañe. El humo de los motores y el olor a gasoil inundan el ambiente, claves sinónimos de que la largada está por comenzar.
El equipo entrecruza sus últimas miradas temerosas mientras la vera del riacho se tiñe de rostros felices. Las piernas acalambradas por la espera no parecen ser un pesar. Un pueblo espera por horas, para deleitarse durante segundos el paso de algún que otro familiar o amigo. Los fotogénicos intentan eternizar todos los momentos con infinidad de fotos. Los niños aupados en los hombros, parecen centinelas invadidos de fascinación por cada episodio. Los helicópteros sobrevuelan y las avionetas descargan sus riesgosas piruetas sobre miles de pupilas dilatadas por la adrenalina. El reloj marca la hora exacta. Los motores aceleran. Uno que otro desesperado no pudo contenerse y rompió el chiquero minutos antes. Las barras pesqueras se lucen y miles de banderas flamean al compás del viento con elogios a toda una ciudad latente. El sapucay es el saludo del pescador que viene bien afirmado a la embarcación. Los cascos galopan feroces sobre el rio que: hace instantes, parece un océano bravío. Las proas rompen con furia empapando cubiertas y a uno que otro participante disfrazado de surubí. El corazón se estremece con fuerza contra el pecho. Resuena el mismo latido en los espectadores que; fervientes y apasionados levantan su brazo en completo agradecimiento desde toda la senda del rio. Y es que mi pueblo es eso. Goya es anfitriona de un sentimiento, de una fuerte lucha. La naturaleza desafía al pescador. Mientras éste se defiende con ilusión e implacable persistencia aunque el viento le cruja en la piel. Aunque el frio cale en su alma y la llovizna intente empapar todas sus esperanzas nada lo detendrá. Nada detendrá la esperanza de clavar en su tanza al Surubí. Nada interpondrá su anhelo de ser coronado con los laureles en la cena clausura, mientras la copa reluzca en lo más alto del escenario mayor. El pescador persistirá ante la tempestuosa e implacable naturaleza. Mientras del otro lado, los miles de seguidores impasibles ansiaran los resultados, esperando el retorno. Es ésta mi ciudad. Ciudad de competidores y fieles luchadores. Es mi Goya la que cada finales de abril, se enorgullece en presentar su fiesta. Esa que moviliza todos los sentidos y que hace, en repetidas ocasiones, ponernos la piel de gallina con solo recordarla. La Fiesta Nacional del Surubí no es solo un festival. Es mi pasión. La pasión de un pueblo. Es el saludo sincero al forastero, que llegado desde lejos se embarca desafiante en búsqueda de la gloria. La gloria que solo regala esta cuna. La cuna que nos vio nacer y que hoy es también la cuna del mayor espectáculo náutico del mundo.
Tomás Lamas 22 años periodista y locutor nacional
Lunes, 25 de abril de 2016
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